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viernes, 12 de diciembre de 2014

EL TREN DE LA SOLEDAD

Puede que no. Que no haya salido ese tren. Que se retrasase o se perdiese en el laberinto de andenes de Atocha. Hay improbables que son susceptibles a transformarse en probables cuando la probabilidad de que nada haya cambiado vaya aumentando según se escapa el tren. 

Pero este tren o se fue o se perdió. No es que sea ni probable ni improbable. Lo decía la pantalla de la estación. Sin hacer ruido, tomó la vía rápida: "Sin destino". A las 10:33. De Atocha directo al corazón. No el tren, el dolor. 

El tren creo que hizo parada perpetua en el cerebro. Donde todo se rige por la racionalidad. La racionalidad sin sentido, quiero decir. Dices que sí porque sí y que no porque no. Cuando te cansas del sí, pasas al no; y cuando te cansas del no, el tren te manda a la mierda. Bien hecho, por cierto. 

El dolor del corazón funcionó por impulsos. A juego con el cerebro. Hasta que, igualmente, lo mandaron a la mierda. "Tren destino: Soledad". Ese era mi tren.

Era improbable que hubiese pensado en este tren, pero llegó a probable cuando el corazón y el cerebro tomaron destinos diferentes. Se va mi tren. Adiós.




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